La psicodelia como oportunidad para observar la experiencia humana

En los últimos años, las conversaciones sobre psicodelia se han multiplicado. Se habla de sus posibles aplicaciones terapéuticas, de los avances de la investigación clínica, de sus implicancias espirituales e incluso de su potencial para transformar la sociedad. Gracias a ello hoy conocemos mejor algunas de sus aplicaciones clínicas y contamos con nuevas hipótesis para comprender sus efectos sobre la mente.

Pero ese conocimiento no agota el fenómeno. Antes de preguntarnos qué hacen los psicodélicos, quizá convenga formular una pregunta más sencilla: ¿qué ocurre con la experiencia cuando cambian nuestras formas habituales de percibir, sentir y pensar? Esta es la pregunta que orienta mi trabajo.

Como lo entiendo desde esta pregunta, no se trata de buscar una explicación definitiva sobre las experiencias psicodélicas ni de decidir cuál es la interpretación correcta de lo que sucede durante ellas. Antes que eso, me interesa comprender qué aspectos de la experiencia humana se vuelven visibles cuando nuestras formas habituales de atención dejan de operar de la manera acostumbrada.

Durante una experiencia psicodélica pueden modificarse la percepción del tiempo, la organización del espacio, la intensidad de las emociones, la aparición de imágenes, la manera en que recordamos ciertos acontecimientos o la relación que establecemos con nuestro propio cuerpo. También pueden emerger asociaciones inesperadas entre recuerdos, sensaciones e ideas que normalmente permanecerían desconectadas.

Nada de esto implica, por sí mismo, que esas experiencias revelen una verdad oculta ni que deban interpretarse de una manera determinada. Lo interesante es que permiten observar procesos que habitualmente permanecen invisibles porque forman parte de la normalidad cotidiana.

En la vida diaria damos por sentado que vemos el mundo tal como es. También solemos asumir que nuestras percepciones, nuestros recuerdos o nuestras emociones son relativamente estables. Sin embargo, las experiencias psicodélicas muestran que nuestra forma de habitar el mundo es también altamente plástica.

Visto de esta manera, se entiende que la experiencia psicodélica no cambia solamente el contenido de la experiencia, sino que cambia también la manera en que esa experiencia se organiza. Este cambio de perspectiva resulta fundamental.

Si solo prestamos atención a las imágenes extraordinarias o a los relatos llamativos, es fácil perder de vista aquello que quizá sea más interesante: las transformaciones en la propia estructura de la experiencia.

¿Cómo cambia nuestra atención? ¿Cómo aparecen las imágenes? ¿Qué ocurre con la imaginación? ¿Cómo se reorganiza la memoria? ¿De qué manera cambia nuestra relación con el cuerpo, el espacio o el tiempo?

Estas preguntas desplazan el foco desde las respuestas interpretativas hacia la observación.

Por esa razón encuentro especialmente valiosas disciplinas como la fenomenología, que propone una descripción cuidadosa de la experiencia antes de pretender explicarla, y la investigación basada en arte, que reconoce la práctica artística como una forma de explorar y producir conocimiento.

Desde esta perspectiva, la expresión artística desde du diversidad de modalidades y lenguajes, no constituyen únicamente maneras de plasmar lo vivido. También son formas de volver a la experiencia que nos permite recorrerla nuevamente y descubrir y experimentar aspectos que quizás no se hicieron evidentes durante el acontecimiento original.

Así, la práctica artística tiene la capacidad de prolongar la investigación. El arte nos permite volver sobre la reminiscencia del descentramiento psicodélico y reorganizarlo, transformarlo u observarlo desde nuevas perspectivas sin reducirlo inmediatamente a una explicación, sea esta psicológica, médica, espiritual o de otro tipo.

Algo semejante ocurre en las artes expresivas. En lugar de apresurarse a fijar en una interpretación unívoca el significado de una imagen, una metáfora o un gesto, se propone permanecer un tiempo con y en la experiencia, permitiendo que esta continúe desplegándose a través de distintos lenguajes artísticos.

El cultivo de esta actitud requiere cierta paciencia. Vivimos en una cultura que suele exigir respuestas rápidas. Queremos saber qué significa una experiencia, qué mensaje transmite o qué decisión debemos tomar a partir de ella. Sin embargo, algunas experiencias parecen pedir otra forma de aproximación: menos orientada a las certezas y más atenta a la observación.

Entendida de este modo, la experiencia psicodélica deja de ser únicamente un fenómeno asociado al consumo de determinadas sustancias al que acudimos en busca de respuestas definitivas o de evasión. Desde esta perspectiva, estas vivencias abren un espacio desde el cual mirar con mayor atención aquello que normalmente permanece tan cerca de nosotros que dejamos de verlo: nuestra propia experiencia, para convertirse en una oportunidad para investigar cómo percibimos, imaginamos y construimos el mundo que habitamos.